CARTA NOVENA .
Amada madre de nuestro Señor Jesucristo: Te escribo ésta con la confianza que me da el sentirme amado por Ti. Hoy me gustaría seguir hablando de las cosas de las peregrinaciones a Lourdes. No en vano fue el lugar, donde me diste más formación y enriqueciste mis sentimientos, aunque en los momentos en que lo vivía, no fui consciente de la magnitud de las cosas. El año de la peregrinación de los niños, fue un viaje fantástico, con unos compañeros estupendos como personas, estas cosas en cinco días de trabajo y de relaciones se nota muchísimo, es como si te dieran vitaminas con una inyección de pan con tomate. La sala de servicio estaba en la planta baja, al lado de la Basílica, mientras conversábamos le pregunte a Jiménez si era religioso de siempre o un converso, me contesto que era neófito y me señalizó a su hijo, él es mi conversión, no ve tan bien como un niño de su edad pero está vivo a Dios gracias.
La verdad no era una persona muy devota, vivía en Granollers y trabajaba en la caja, mi hijo enfermó de meningitis y estaba fatal, entonces el sábado por la tarde llamaron a la puerta, era el doctor que lo llevaba, me explicó que traía consigo la defunción del niño pues él salía a cenar con su familia y me costaría localizarlo y mi hijo era cuestión de pocas horas, y él no podía hacer más. Me dejó desesperado y el acta de defunción en la mano, y de repente entre el follón de los vecinos, alguien comentó que en la estación de Granollers, tenía que estar al llegar un tren que iba a Lourdes, envolví al niño con una manta, me lo cargué al hombro y con el acta en las manos, alguien nos llevó corriendo a la estación. No tuve que esperar, al momento llego el tren y yo subí al vagón que me quedó enfrente. Acto seguido estaban allí los voluntarios preguntando ¿En qué vagón tiene que viajar Usted?¿ Trae los papeles a punto?¿ y la maleta de su hijo dónde está? Les contesté que no sabía nada, y que la única cosa que llevaba era el acta de defunción de mi hijo en la mano. Había que ver la cara que se les quedó a los voluntarios, sabes no corrían, volaban por los pasillos del tren y además chillando como si se hubieran vuelto locos de repente. Cuando llegamos a la frontera nuestros papeles ya estaban en regla, y a primera hora de la mañana ya estábamos en la puerta de la piscina. ¿Cómo quieres que no sea creyente Juan? Sabes el acta la tengo enmarcada y preside la pared del comedor.
Estaban también dos niños del hospital de San Juan de Dios, Ismael y Rafael que tenía programado celebrar la primera comunión en la misa que realizaría en la santa cueva. Situación que provocaba un tremendo revuelo en la sala, por suerte además de las voluntarias de la hospitalidad, y las hermanas religiosas, estaban las voluntarias del hospital de San Juan, que estas disfrutaban de una larga preparación en los quehaceres de la espontaneidad. Decidieron que irían los dos en el mismo carro chino, al que se engalanó con flores, como si fuera una boda, y a un servidor le toco tirar del carro. El día se despertó cubierto, y con una fina lluvia a la que llaman “calabobos”, porque da la sensación de que no es nada y siempre terminas empapado.
Como era habitual una hora antes formábamos filas en la puerta del hospital, a las sillas de ruedas les ataban un plástico grande que los tapaba, los carros chinos llevaban su propia capota en lona azul, que nosotros no pudimos colocar por la cuestión de plantas y flores, así que nos instalamos en la entrada de los turistas de la santa cueva, bien arrimados a la roca para protegernos un poco del agua. Cuando nos estamos mojando, es el momento en que descubrimos que al señor Cardenal le gustaba hablar en las homilías, aunque seguramente la visión de una explanada de carros con capota, debajo de una cortina de agua debía de ser romántico. Una vez terminado el acto religioso, nos fuimos a pasear esperando la hora de la comida, durante la misma fue una bendición el poder descansar de tanta lluvia, pero a las dos de la tarde estábamos otra vez al pie del cañón, con todo aquel ejército de voluntarias a las que no se les acababa nunca la correa, como a la lluvia el agua y nos fuimos de compras a la ciudad de Lourdes, regalos para los niños y suvenires para la familia, al llegar al hospital para cenar el agua me salía por los pies. El tiempo seguía sin ser soleado, así que durante aquella tarde las voluntarias del hospital decidieron que se celebrara una obra de teatro, escogieron a la Blanca nieves y los siete enanitos. Por cierto a un servidor le toco hacer de enano Cascarrabias, posiblemente ha sido el papel de mi vida, a un chico rubito que estaba en una silla de ruedas, le tocó ser el enano Sonrisas, la verdad sonreía siempre, el enano Jefe, éste era un verdadero artista, se le notaba que no era la primera vez que interpretaba la obra.
( Mª Luisa, tres voluntarias y Marta, en las piscinas).
Todo iba relativamente bien hasta que la madrasta envenena a nuestra Blanca, entonces le pido al Jefe que llame al doctor y él me contesta:- No puedo hacerlo enano Cascarrabias. -¿y por qué razón no puedes llamar al médico?. -Nos han cortado el teléfono por no pagar. -Hombre de Dios, si había dejado el dinero en un sobre para pagar el teléfono. ¿Se puede saber que hicisteis con toda la plata? -Junto con el enanito sonrisas nos fuimos a comprar caramelos y chocolatinas para todos. -Me dirigí al enanito sonrisas que se lo estaba pasando pipa, como el público, sobre todo las personas de la peregrinación ya que esto les era desconocido. – A ver enano Sonrisas, no te rías tanto, pues ésta es una situación muy seria, con un problema que nos acucia, nuestra Blanca está en estado de coma, y encima nos han cortado el teléfono, dado que os gastasteis el dinero en chocolatinas y caramelos para todos, que eso de todos es un cuento chino ¡pues no he recibido mi parte!, así que ponte serio, que hay que hacer alguna cosa. Pero nuestro Sonrisas que además era un bendito de Dios, cuanto más grande se suponía mi enfado él más se reía. Entonces la apuntadora sugirió una idea nueva, que se vaya a buscar el doctor al hospital. -Muy bien enano Jefe, toma las llaves del coche y te vas al hospital a recoger al médico, le explicas que es una emergencia, y te traes el antídoto para el veneno. -No puedo enano Cascarrabias, el coche se quedó sin gasolina y encima no tengo dinero para poner. ¿Cómo puede ser si lo llenamos hace muy pocos días? -Es cierto Cascarrabias pero después de comprar las chocolatinas y los caramelos, nos fuimos con el Sonrisas a pasear, hasta que se agotó la gasolina del mismo. –“Vaya hombre, cuando te compramos parecías serio”, vaya con el sonrisas este. Mira tómatelo como quieras pero esto no es serio sabes. Suerte que llegaba la hora de cenar, así que se improviso un beso a la Blanca, con aplausos y gritos de alegría. Era necesario cenar, al día siguiente habría trabajo .
Mientras andaba hacía la cena, meditaba que algunos de aquellos niños el próximo año ya no estarían, y esto duele dado que ellos se encuentran al principio de su historia. Nuestra respuesta no la sabemos, la Tuya no la queremos oír, o tal vez no la sabemos escuchar, seguramente tampoco nos educaron para ello. A los que hacen el márquetin les va de maravilla, cuanto más insegura se sienta nuestra sociedad, más siente la necesidad de consumir, el ir de compras nos distrae de nuestras ansiedades y estreses. De las paradas en la estación de Port Bou, quisiera recordar aquellos voluntarios que por su trabajo no podían asistir a la peregrinación, pero sacrificando su dormir y aparecían en la estación ayudando a descargar y a cargar los trenes, la mayoría solía llegar justo para comenzar la faena. “Que calidad humana Señora”. El viaje de los niños, nos volvió a la estación término de Francia y como los andenes no era suficiente largos hubo de partir el tren en dos y encima separados. Hay una frase que nos dice, “si no quieres caldo, toma dos tazas”. Iba hacia el vagón de mantenimiento, que estaba al final del otro anden, cuando descubrí que la madre del Ismael se estaba preparando, le grite que volvía rápido y que la ayudaría. Al llegar, el trabajo ya estaba realizado, le dije que lo sentía, pero ella me abrazó y me dio un beso en el carrillo diciéndome: Gracias Juan, al llegar tuvisteis que subir a mi hijo, su maleta, y a mí también me ayudasteis, pues me sentía como una piltrafa humana, ahora realice el trabajo sola, me voy a mi casa a disfrutar de mi hijo el tiempo que el Señor nos regale y en cuanto me lo reclame me iré de voluntaria a San Juan de Dios. No pude contestarle Señora, tampoco retener mis lagrimas, ya que las palabras de ella, eran un milagro en los sentimientos, y estas me dieron muy fuerte, lo curioso la reacción que pasó por mi mente.
En el fondo del saco de nuestra estimación, encontraremos las migajas que nos da el Señor.
( Marta con su madre Montserrat en la santa cueva ).
Pasó ya mucho tiempo, entonces estaba haciendo un curso para las Caritas de la parroquia del Pilar- iglesia de Maricel, en el seminario de Barcelona, la charla la daba María Dolores, la responsable de los voluntarios de San Juan de Dios. Ella se ayudaba con un aparato de días positivas, que iba explicando con la ayuda de sus fotografías, entonces salió la foto del Rafaelito y nos dijo que de este niño no voy hablar. Al terminar los coloquios los asistentes, subíamos al primer piso allí desarrollábamos trabajos en equipo, pero aquel día pensé que debía quedarme aunque llegara tarde a la segunda
Parte del programa, María Dolores estaba terminando de atender a una señora, me acerque, le dije ni nombre y apellido, contándole que estuve en Lourdes con ella en la comunión de Rafaelito, le recordé lo mucho que nos mojamos, y esto me obligaba a preocuparme por él. Me recordó y me dijo que sí, que creía que tenía el deber de preocuparme por el niño, “murió en el hospital solo y lleno de pena por sentirse abandonado por los suyos”. Lo vio en mi cara, porque me dijo: - Juan hay cosas que es mejor no enterarse. Le di las gracias y me fui. Me vino a la mente la historia de que el Señor era un escultor, y las personas sus bloques de granito, a los que El transformaba a golpes de maza y cincel, y que a veces para marcar la personalidad, arrancaba pedazos gruesos del mismo, llegando a ser doloroso. Aunque no puedo evitar la pregunta, ¿Por qué Dios mío?
Quisiera despedirme de Ti, con una poesía que dedique a Miguel , en el intento ver con su dolor, el dolor universal de Tu hijo. La historia era que sus padres ya muy mayores necesitaban un voluntariado para empujar el carro los fines de semana. Teníamos que ser cinco personas, pero empezamos Teresa y un servidor, para pena mía a los cinco o seis meses, ella tuvo que abandonar por culpa de su faena, de esta forma me quedé sólo con ellos, y Tú compañía.
Sabes sus padres que eran unos grandes luchadores pues uno con más de noventa años y la mujer casi, seguían bregando aunque sus fuerzas ya no eran las mismas. Su padre me dijo, que tenía la creencia de que Dios lo castigo con su hijo. Me costó muchísimo trabajo hacerle entender que Dios no castiga, porque es amor, como mucho te quiere. En todo caso somos nosotros los humanos que con nuestros errores infringimos castigos a nuestros semblantes
CON LOS OJOS DE JESUCRISTO.
Vi el sufrimiento de los ojos de Jesucristo,
Vi el sufrimiento de los ojos de Jesucristo,
al decime que no, mira el cielo como testigo
y cuando han querido decirme que sí, he visto
los suyos en los míos, es Miguel mi amigo.
Hoy el Señor, si hoy El me ha llamado,
no me dejes en la silla abandonado,
en medio de la multitud soledad he notado,
empújame Juan, sí esto me ha mandado.
Estoy siempre con los pobres y su sufrimiento,
en las camas de los hospitales de la eterna soledad,
me recuerdan un camino que aún lo siento,
y su dolor se une con el mío en la eternidad.
Cuando peor en mí mismo, me he encontrado,
vine hasta delante mismo del que es Tu amor,
y te dije y te repito, quiero seguir a tu lado,
aunque me equivocara, lo volvería hacer Señor.
Vi el sufrimiento de los ojos de Jesucristo,
al decirme que no mira el cielo como testigo,
y cuando han querido decirme que sí, he visto
los suyos en los míos, es Miguel mi amigo.
CARTA DECIMA .
Amada madre de nuestro Señor Jesucristo: te escribo ésta carta con la confianza de sentirme amado por Ti. Hoy disfrutando de Tu confianza, como siempre quisiera que recordásemos cosas anteriores a mi conversión, no es que piense que fue una época importante, lo importante se realizó con Vuestra misericordia, me gustaría creer que hubo resortes que me permitieron acercarme un poco a Tu hijo, y que marcaron mi devenir.
Mi abuelo Tomás, de la parte paterna era mellizo, y eran tan parecidos los dos que ya de pequeños a él le colocaron una gorra y a su hermano un pañuelo de cuadros, al estilo de los campesinos aragoneses. Tenía fama de trabajador pero tuvo la mala suerte de morirse muy joven de una pulmonía, pues en un día de tormenta se fue a recoger materia prima, dado que el trabajo no podía esperar, Hacia techos de cañas y cestos de mimbre y caña. Sabes a María de casa Bailón del pueblo de Fabara de Matarraña, la dejó sola y con un puñado de hijos pequeños y en un rincón de la casa, aquellos trabajos sin acabar y las prisas marcharon con él al campo santo, en una Gandesa en donde la vida era dura y extrema. A mi padre le tocó ir a trabajar al campo, con el labrador, marchando al madrugar y volviendo cuando oscurecía. Y le daban una pequeña ración de comida, que colocaban los dos en una cazuela de fango en un fuego con ramillas recogidas y se empezaba a comer hirviendo todavía, pues si uno de los dos hubiera esperado que se enfriara, se quedaría sin nada. Sus hermanas, que como todos eran pequeñas aun, iban a los lavaderos públicos, y hacían las coladas para las familias pudientes, no hay que olvidar que en invierno se rompía el hielo de estos antes de empezar. Por suerte a las niñas de hoy con calefacción y lavadora, les costaría imaginarse un mundo con estas incomodidades, aunque esto es lo que había. Su nivel de pobreza era tan extremo, que él nos narro la anécdota de que el día seis de enero por la mañana a primera hora cruzando enfrente de la casa de los Serrano-Suñer, que era una familia acomodada, le llamó la atención que el balcón estaba lleno de juguetes con una gran diversidad de colores, que lo convertía en vistosísimo. Mi padre se paró cautivado por el colorido, y al pasar una señora le preguntó qué era aquello. Son los reyes bonito, le contesto la buena mujer. Mi padre pensó, que además de ser una familia acomodada, encima serian familiares de los reyes de España. De los Magos de Oriente no tenía ni la más remota idea y es que los pobres en su tiempo, lo eran de solemnidad. Ahora con las radios, las teles, y las instituciones, los que viven en la pobreza, o en la indigencia tienen más posibilidades de defenderse, pues disfrutan de mucha información, con lo cual no sugiero que sea fácil, y además debemos contar con que su mente lo permita.
Cuando tendría alrededor de los catorce, o quince años se produjo la gran huída de Egipto, y un grupo de ellos fue a parar a la villa de El Masnou, que según me conto mi progenitor, el Maresme tenía fama de ser tan duro como Suiza, él tan sólo vivía para trabajar, por la tarde marchaba con el carro lleno de hortalizas, llegaba al borne de Barcelona de madrugada y después de descargar retomaba el camino de vuelta, al llegar el tenía su pan con su tocino, que comía con la mano izquierda y en la derecha, un pequeño azadón pues el trabajo no podía esperar. El nos explico que lo más sorprendente, era la manera de distracción para la juventud, pues ellos en Gandesa, solían rondar por las diferentes bodegas de las casas, allí se sacaba un poco de vino y se cortaba un poco de longaniza casera, mientras cantaban jotas, no debemos olvidar que hablamos de un tiempo donde esta zona recibía una gran influencia del bajo Aragón. Conoció a la Antonieta de casa Taquel de Artesa de Segre, al cerrar la fábrica de su pueblo ella se vino a trabajar en de asistenta en Barcelona, la familia hacia desplazamientos en el Masnou en donde conoció a Juan, se casaron un día a las siete de la mañana para aprovechar la jornada. Trabajar y trabajar, y después del segundo hijo, parecía que empezaban a salir de la miseria, entonces llegó aquella maldita guerra, que les retornó a todos a la ruina. La mayoría de los que murieron no querían la guerra, mis padres tampoco y es que ésta sólo repartía hambre e injusticias. Cuando los ganadores hablaban de los beneficios que ésta había reportado, jamás se dijo de forma pública que era a los promotores en detrimento de los más pobres.
Al acabarse la contienda militar y con otro hijo más hubo que seguir trabajando durísimamente, se levantaba a las tres de la madrugada a cosechar un campo de patatas y a las nueve de la mañana no quedaba ni resto de ellas. Alguien le denunció a razón de esto, por contrabandista y tuvo que ver la cárcel, por suerte un alma bendita lo saco, a lo largo de Tu historia siempre has tenido a Tus benditos. A pesar de estas circunstancias tuvo suerte, si la acusación hubiera sido política, las consecuencias podían haber sido tremendas. Todo dependía de la simpatía de ciertos poderes facticos. Entonces llegó un servidor, el cuarto de los hermanos, era más bien enclenque, rubio claro que parecía casi albino, alrededor de los siete años me diagnosticaron problemas graves en los bronquios, del incidente recuerdo aún que tuvieron que darme ciento cincuenta inyecciones, diariamente a las tres de la tarde, me presentaba en la casa del doctor, esperaba que el terminara de comer y que seguidamente el hombre me pinchaba. Después podía largarme al colegio o a la cama, depende de las circunstancias. De mis largas estancias en la cama, frecuentan en mi mente las escenas de los niños que jugaban en el recreo enfrente de la casa, y que un servidor detrás de la ventanas miraba como jugaban. Sabes Señora tenía la sensación de vivir la vida tras un cristal. El doctor pidió que me llevaran al pueblo, necesitaba un cambio de aires y la solución más económica, fue los familiares de mi madre. Vino a recogerme la tía Aurora, que de entrada me llevó a dormir a la ciudad de Barcelona, para que a la siguiente mañana nos subiéramos a lo que ellos llamaban el rápido, vaya una epopeya Señora en cada una de las curvas de la collada de los Brucs se tuvo que hacer maniobras dado que dos vehículos a la vez no podían circular.
Mi vida en el pueblo de Artesa, lo cambió todo, allí no había doctores, ni tampoco inyecciones, ninguna enfermedad, solo partidos de jóquey en la plaza, solíamos arrancar las cañas de las torrenteras procurando que tuvieran una buena raíz y mejor si tenía un ángulo recto, entonces se transformaba en un estick perfecto. A un servidor le hacían jugar muchas veces de portero, seguramente alguna cosa les comentaría mi tía, ella me solía llevar a la masería en donde habitaban el abuelo Agustín, yaya Inés, y Magín el trabajador, al que no paraba de molestar. El abuelo me reñía, pues consideraba que aquel chico de la costa, era una cabra loca que no paraba de hacer disparates, él no entendió nunca que aquel muchacho de la playa, le acababa de estallar la vida en las manos, y que ahora no estaba viviendo a través de un cristal, sino que se desarrollaba subiéndose por los árboles agarrando frutos o tirándole terrones a Magín, y apuntándome a las acciones atrevidas de los niños del pueblo, que por cierto a mí me parecían un poco agresivos, en sus rivalidades entre la parte baja o alta de la carretera. Me acuerdo que a uno de ellos lo ataron a un árbol, le colocaron leña a los pies y le prendieron fuego, por suerte pasó una vecina en el momento crucial.
En verano fuimos a la siega del trigo al pueblo de Gramuntell, El abuelo Roig que era el padre de la tía Aurora, me colocaba encima del mulo, que como era muy alto, me hizo sentir como un gigante, decían de él que era una persona estupenda, la verdad me hizo sentir de maravilla además de útil, pues era el encargado de buscar una buena sombra para el cántaro y llevar el agua a los trabajadores. Me llamó la atención de que los pajarillos no se apartaban, ni siquiera cuando les ibas a pisar esto era un síntoma de que habitaban pocos chicos en aquella zona.
El Cisco que era el colono de casa Roig, estaba en la cama enfermo de hepatitis, y el hombre pasaba mucha hambre, él me llamó diciéndome que si no le traía algo para comer se moriría, cosa que me impresionó yéndome a hurgar por la cocina le encontré un pan de dos quilos y una cebolla gigante, no se lo comió, pero además de reírse le conmovió el que un niño medio enfermizo del mar, y al que habían subido para respirar aire, quisiera ayudar a un payes de la Segarra, que son hombres duros y curtidos por el sol. El Cisco explicaría esta anécdota el resto de su vida.
( Mi abuelo Agustín en la guerra de cuba).
De vuelta a Artesa ya no estuve mucho tiempo pues ya empezaban los colegios y además mis padres deseaban que hiciera la comunión, pues en aquella época era obligatorio y ellos no querían tener problemas, dado que estábamos en una dictadura con mucha hipocresía, desgraciadamente ellos no me enseñaron nada de Ti, ni de Tú hijo, pues nada conocían. La enfermedad me afectó mucho Señora, pero la estancia en Artesa y los cuidados de mi tía Aurora me normalizaron bastante, la tarde que vinieron a recogerme, me escondí debajo de la cama de mi tía y tuvo que venir ella para que saliera, no deseaba irme. A la llegada a El Masnou mi madre me pidió que pasara directamente a la cocina, en donde había una especie de caja zapatos con una tela y unos botones, que después de tocarla empezó a sonar música, era la primera vez que veía una radio, la estuve mirando y realmente no entendí nada, pero sería con el tiempo una gran compañía. Empezamos las catequesis, se nos enseñó a memorizar las oraciones, y si las repetíamos pronto, se nos daba un premio que consistía en una entrada al cine la Catequística que era de la parroquia, entonces procurabas repetir como un loro a cuantas más sabias, más premios tenías. Después empezaron las catequesis por edades en los diferentes centros escolares del municipio, que daban los sacerdotes venidos de otros lugares, estos eran todavía más aburridos. Recuerdo una historia que repetían siempre: “era la de un lobo que se iba a confesar de haberse comido una oveja, y en cuanto salía de la iglesia se volvía a comer otra”. Deducía que éste lobo llevaba mucha hambre atrasada, y seguro que era de la posguerra española.
Te quiero confesar Señora, que si esto lo hicieron para acercarme a Tú hijo, fue sencillamente un fracaso, al terminar las catequesis además de serme un desconocido, lo más grave era que no tenía intención de conocerlo. Realmente ahora que conozco a Tú hijo, me siento disgustado y decepcionado con aquella gente, que por su culpa me haya perdido todos estos años de la misericordia de Él, me parece imperdonable, y para mí lo más grave es que sigue igual. Te lo digo Señora de forma suave, si no me tacharán de ir en contra de la Iglesia.
Los años siguientes fueron no tuve incidentes graves, pero como los cuatro hermanos mayores dormíamos muy cerca, por la noche en cuanto nos colocábamos en la cama le hacíamos explicar historias a nuestro hermano mayor Tomás, que tenía una imaginación en demasía, relatándonos historia de terror, no hablaba del demonio, y como un servidor esto le impresionaba siempre terminaba cantando para no oírlas. Aquella noche mi hermana callaba como una pícara, pues ella en un descuido, quemó una sábana que acabó en mi cama, así es que en el momento oportuno intervino diciéndome que los niños que hacían enfadar a su familia, este les hacia una visita y si tenía alguna duda que mirara la sábana de mi cama en donde vería el pie de Lucifer. Salté de la cama con toda la rapidez que podía y me fui a la de mi hermano Agustín, al cual le dije: “no te servirá de nada protestar, dado que no pensaba irme”. Creo que en estos miedos podía influir cierto sueño que se me repetía regularmente, en el cual, al principio del mismo veía un león, y un servidor huía asustado y girando la cabeza para ver donde estaba, entonces lo descubría echado en medio del camino de forma majestuosa y además estaba más crecido, y en este momento me despertaba. A pesar de su repetición nunca lo expliqué ni siquiera a mi hermano Agustín, al que tenía bastante confianza. Luego éste desapareció de mis sueños y con los años se me olvidó totalmente. Unos cuarenta años después, llevaba la responsabilidad del ropero de Caritas y disponía de la llave de la iglesia de Maricel, cosa que me permitía hacer mis visitas y en la nave principal, estaba Tú imagen al lado del santísimo, me senté en el banco de enfrente y entonces recordé el viejo sueño que tuve como si fuera ahora mismo, y algo más sorprendente fue que al terminar me dijiste, el león era el Señor y aunque hubieras huido toda tu vida, El siempre te habría esperado en medio del camino de tu vida. Dios mío, pensé después de tantos años has venido a explicarme lo que me querías decir. Volviendo a mi vida, alrededor de los quince años agarré una verdadera obsesión por la lectura, empezando por los libros de sicología y siquiatría, con unos empachos tremendos debido a que un servidor se comportaba de forma autodidacta, y me hubiera sentado bien algún tipo de ayuda. A los dieciocho años fue un momento decisivo en mi vida, ya que me planteo, si el hecho de hacer la comunión, me influenció en la forma de sentir o de entender y si esto me brindó una creencia en este Dios del que habla todo el mundo, como si fuera algo que le pertenece, aunque le obligue poco o nada. Así que decidí asistir a misa, y analizar mis experiencias. Escogí el domingo por la tarde, daba la sensación que la iglesia no estaba tan concurrida, me coloque detrás de una columna en la parte derecha del edificio, pasando bastante desapercibido, había una especie de cuaderno para seguir la misa, que intente usar sin mucho éxito. Al terminar el acto religioso, permanecí en el lugar durante un rato en el que estuve meditando, lo que había experimentado, llegando a la conclusión de que no sentía nada y por tanto no era persona creyente. Pero bueno, pensé, deberías darte una segunda oportunidad. El domingo siguiente repetí y todo fue igual, en la meditación use el refrán que “no hay dos, sin tres”. La tercera vez, fue más de lo mismo y en la meditación, deducí no era creyente y que la comunión no tenía ningún efecto sobre mis sentimientos, y seguramente sería una persona agnóstica, pero ya no valía la pena en perder tiempo en comprobarlo. Entonces como despedida me dirigí al altar a este supuesto Dios de los cristianos y le expresé, que si existía, y estaba en todas partes como contaban, y además si se interesaba por mi persona, seguramente no le sería tan difícil encontrarme, era un discurso quisquilloso tal vez como reacción a un Dios que acababa de dejarme solo en el mundo. Seguí leyendo muchísimo, pasando por diferentes tipos de novelas entre ellas la histórica, y continuo en la misma línea hasta la época medieval, descubriendo los libros de ordenes caballerescas y hospitalarias, dado que en ellas siempre se encuentra un punto de esoterismo, muy de moda en estos tiempos.
Me sentía bien conmigo mismo, y con el alrededor, aprendí a aceptar a los demás, y expulsando todas las historias deprimentes de mis proximidades, y también de todas las cuestiones religiosas, y de los cristianos llegué a la conclusión que eran unos personajes que se montaron una cadena de supermercados, en el cada uno de ellos se acercaba para adquirir la cantidad necesaria de auto justificación, como medicina de supervivencia en un mundo materialista, ahora bien en compensación se veían obligados a aportar una parte material para que la entidad subsistiera, lo que les generaba cierta contradicción en ellos mismos, de todas maneras en mi pensamiento estaban lejos y por tanto no podían influenciarme.
Tenía alrededor de los treinta y tres años. Andaba por la calle de san Felipe, y antes de llegar a la esquina de G. Comellas, te sentí por primera vez, “ Al llegar a la esquina, te encontraras a la señora X, riñéndote por la espera del trabajo que tienes que realizarle” después de sucederme pensé anda te ha salido una flor en el culo. No me había alejado mucho que la historia se repitió, y luego otra vez, y así seguimos, al principió me hizo cierta ilusión, al día siguiente me resultaba desagradable, al tercer día me escondía de todos ya que tenía la sensación de estar en el mismo infierno, en donde se me adelantaba todas las cosas desagradables que iban a sucederme. Era domingo por la tarde, tuve la necesidad de ponerme el abrigo, mientras me empujabas hacia la calle, donde me tropecé con Salvador, al que pregunté. ¿Dónde vas? Me contestó a misa. Yo también, le dije, por tanto te acompaño. Lo primero que hice en llegar a la iglesia, fue dirigirme verbalmente al altar. ¡Déjame en paz que ya creeré! Cuando llegó el evangelio, me di cuenta de que ya me estaba transformando, me tocó el evangelio de San Juan,20,27-29: “Luego dice a Tomás: Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente”.
(Con mi hermano Agustín y nuestra madre Antonia en su aniversario).
Tomás le contesto: “Señor mío y Dios mío”. Dícele Jesús: “Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído”. No es solamente lo que dice, que iba directamente a mi historia, sino la forma en que me lo hiciste entender y lo más importante sentir. Me acababan de dar algo que no me había ganado, ni siquiera pedido, por lo tanto estaba en deuda con el Señor. Las cosas seguían en un principio de esta manera y eran tantas y tan seguidas que no me di cuenta de la importancia hasta que tuve que caminar por mi solo y descubrir que a no todo el mundo le parecía bien que le contara ciertas cosas, algunos se sentían incomodados. José que estaba en estos tiempos trabajando en nuestro taller, y por suerte era una persona religiosa de Jesús del evangelio podía explicarle cosas, me dijo que sentía pena por mí. Al preguntarle, me comentó: “nosotros a los cinceles les damos temple para estrellarlos a la pared”. En un principio esta frase me preocupó un poco, pero ahora creo que fue muy bonito, y que pasara lo que pasara, esto será para siempre.
Fuimos de visita al Valle de Aran, con mi padre y mi cuñado Juan, de regreso pasamos por Artesa, donde me rencontré con mi querida tía Aurora, y conocí a su nuera Carmen, que se convertiría en una persona importante, pues a la tía los médicos acababan de diagnosticarle un cáncer de mama muy agresivo y en estado adelantado, debido al retraso por parte de ella, de ir al médico por cuestión de tener vergüenza. Fueron cinco años de arrastrarnos por el hospital de la Alianza, de subirnos un fin de semana al pueblo y otro no. Las personas llegaron a pensar que era su hijo, y un servidor sentía cierto placer en ello, de alguna forma le estaba devolviendo algo que ella me dio anteriormente.
En sus últimos tiempos de hospital compartió habitación con una señora hija de Muniesa, y tuvimos muy buena relación puesto que conocía su lugar de nacimiento. El día en que se iba mi tía, le comente que le dejaba mis revistas y así me vería obligado a visitarla, me dijo que no, que debía llevarme las revistas ya que no podía ir porque ella también se marchaba como mi tía. Comprendí que en su expresión iba más lejos que el hospital. Entonces ella me conto su historia familiar, tuvieron que venirse a Barcelona después de la guerra, por cuestiones políticas, por tanto la familia fue un poco desafortunada, pero su tía era como un servidor, muy devoto de la Virgen María, y ya de mayor y enfermar, les llamo a todos y les explicó, que se le había aparecido la Virgen y que al día siguiente a las doce volvería a buscarla. Al principio nos sorprendió Juan debido que no éramos tan religiosos como ella, pero a la hora señalada estábamos allí. Se le puso una cara radiante, y una sonrisa maravillosa, jamás vimos nada igual y ella se fue. Y la suerte de nuestra familia cambio por completo. Sabes Juan esto no lo había explicado, te lo he relatado a ti porque sabía que me entenderías. Cuando me fui del hospital tenía un sentimiento especial.
Pasó el tiempo y después de la marcha de mi padre hacia Ti, pensé que me hubiera gustado pedirle perdón, no por tanta dureza en su vida, ni por tanta pobreza, cosas que de alguna manera nos rozaron a todos nosotros. Sino porque a lo largo de su vida nadie le dijo Juan Dios te quiere sencillamente tal como eres tú, sin más pretensiones. Y un servidor tampoco supo hacerlo, y esto que decían que era una época muy cristiana. Esta carta relata un poco la historia de mi familia, me gustaría dar las gracias a mi hermanos Inés y Agustín, por todo el trabajo que tuvieron conmigo y hacerlo con una poesía que pensé que si algún día recordara la primera canción que oí, me gustaría que fuera una letra de libertad como la que me enseñasteis Tú y Tu hijo. Sabes Señora al principio y en un ataque de vanidad, me dije que si habíais tenido tantísimo trabajo, tal vez iba a sucederme algún hecho importante. Con los años he descubierto que lo más importante es disfrutar de Ti y de Tú hijo, segundo a segundo el tiempo que decidáis que esté aquí.
MI LIBERTAD ERES TÚ.
Si le digo que si le quiero, a mi Señor,
poder volar a Su lado como una cometa,
hará que los arboles tengan un vivo color ,
y el cielo azul intenso será mi meta.
Los pajarillos seguirán con su bonito cante,
el agua de la fuente nacerá transparente,
todo será maravilloso en aquel instante,
porque El amará mi sentir entre la gente.
El me regalo mi sueño en Su libertad,
donde hay muchos caminos para decidir,
o sencillamente me puedo a su lado quedar,
tampoco es necesario hablar, solo el sentir.
Si le digo que ya no le quiero a mi Señor,
tampoco ya volar a Su lado como una cometa,
los arboles seguirán teniendo un vivo color,
aunque el cielo azul ya no será más mi meta.
Los pajarillos continuarán con su bonito cante,
aun el agua de la fuente nacerá transparente,
y parecerá que todo sea igual en aquel instante,
a pesar de negarle, El amara entre la gente.
El me regalo mi sueño en Su libertad,
donde hay muchos caminos para decidir,
pero si decido que de Su lado, quiero marchar
le dejare para siempre de amar y de sentir.
Y seguiremos de esta manera en todo mi camino,
porque El en todo el tiempo me habrá respetado,
al final cuando nos encontremos en el destino,
le diré que en Su libertad, también le he amado.