GARABATOS EN UNA RAMBLA SECA.

Joan Bases.
La parte esencial de la que está formado este cuento, me fue regalada en secuencias separadas, mientras ejercía de monaguillo en la misa de la mañana, fue una época sobrecargada de vivencias y de mensajes. Como no entendía nada de todo lo que me ocurría, me hacia el longui, como si toda aquella historia no fuera conmigo. No debemos olvidar que eran los primeros tiempos de mi conversión. Un día que memorizaba las diferentes vivencias que estaba pasando descubrí que se me olvidaron un montón, teniendo que aceptar que había perdido un parte de los regalos que recibí, no me quedaba más alternativa que tomar una decisión y esta pasaba por escribirlas en notas o borradores para que fueran recuperables para mi memoria. Las desarrollé como cuento, aunque en su parte exterior lleva vestidos prestados de mi conversión, pero no en su esencia, que como bien dije, se me regaló.
Lo dediqué a mi amigo Eudald Freixes. Nos conocimos haciendo el servicio militar en el Valle de Aran, me toco su litera y como el espacio era reducido, al terminar las camas el primer día le propuse hacerlo conjuntamente, así no nos molestábamos y se adelantaba un tiempo que en aquella hora era primordial. Me dio la impresión que era de lo más formal que habitaba en aquella compañía, siendo además el único que iba a misa los domingos, los demás del grupo no sólo no frecuentábamos la iglesia, sino que ésta ni siquiera era tema de conversación, la realidad era que no existía para un grupo cuya finalidad era el hacer un montón de locuras, como un rebaño de cabras enloquecidas, que saciaban su sed abrevándose en garrafas de alcohol, con estas expresiones no quisiera hacer un zoológico, aunque teníamos verdaderos personajes.
Éramos de los pocos que habíamos subido de la costa y nuestra mentalidad resultaba chocante. No debemos olvidar que estábamos en tiempos de la dictadura, aunque nosotros teníamos durante meses la convivencia con los turistas y sus novedades.
Eudald era de la provincia de Lérida, como mi madre y la verdad me recordaba los personajes de las historias que ella me contaba, sobre hombres buenos que solían participar en los repartos de herencias, como jueces de paz, como mi abuelo Agustín o su amigo Mossardo, conocido por buen comensal, siempre que un hombre bueno era requerido en una casa, primero se le preguntaba que desearía comer si conejo o pollo, a lo que el amigo respondía: “de todo y bien mezclado”.
(Mónica, Eudald, Lidia, Pepita, y Regina).
La historia que mejor encajaba con él, era la del juez de paz del pueblo de Oliola, que tenía que ver con una antepasada de mi madre, que vivía con su marido en una masía y durante la noche fueron víctimas de un atraco. Les estaban robando los corderos de sus establos y cuando su marido salió chillando que los dejaran, le dispararon un tiro. La bala no llego a tocarle, pero a los pocos días murió de lo que en aquella época llamaban “una subida de sangre”. Su viuda, la Munda, se quedó con una multitud de hijos y deudas. Un mal día en una obcecación en sus sentimientos, decidió tirarse al canal. Tuvo la suerte de cruzarse con un hombre bueno, que sin pararse le dijo “¿Dónde vas Munda, acaso no quieres a tus hijos?” Mientras seguía caminando, pensó que realmente si quería a su prole y mucho, y dando media vuelta decidió volver, diciéndose a sí misma “habrá que trabajar duro”. De todas maneras el dinero que quedaba no era suficiente para pagar las deudas. El prestador que era pariente i vecino de ella, le denunció al juzgado de paz de Oliola, el juez reunió las dos partes y les preguntó: “¿Que deseáis de esta buena mujer?” A lo que el hombre contestó: ¡Que me pagué los sesenta duros de plata que me debe! Entonces el juez que además era un buen hombre, sabiendo de antemano la cantidad de dinero se sacó una bolsa de su pantalón y delante de la sorpresa de su prestador le dijo:”Aquí tenéis el dinero”, éste replicó: “No lo quiero, pues este dinero no es de ella”. Cuando el hombre se rehízo de su asombro le preguntó a la demandada: “¿Cuánto tiempo necesitarás para reunir este dinero Munda?” “Hasta el mes de junio del próximo año”. Entonces el juez se dirigió en un tono nada cariñoso al denunciante y le dijo: “Para el mes de junio del próximo año, volveréis a este juzgado, en donde encontrarás tus sesenta duros de plata, que si no todos son de ella, serán míos y vos os guardareis mientras tanto de molestar o inquirir palabra alguna a esta mujer, de no ser así tendréis problemas con la justicia”.
La mujer ahorró el dinero, con la ayuda de su caballo y del carro, pues durante las noches hacia viajes de piedras para los albañiles y de madera para los panaderos de la ciudad de Pons. Con los años terminó comprando la casa de su familiar y denunciante.
Eudald nació en un pueblo llamado Llobera, donde las alfombras blancas de la niebla, llegaban a los mismos pies de la masía en que vivía, y transformaba su paisaje en una isla rodeada de un mar blanco, en donde se disfrutaba de un cielo azul y soleado. Seguramente esta fue una de las causas que le permitió entenderse tan bien con la soledad. El día que decidió bajar a Solsona, todo empezó a cambiar, empezando por su soledad y sus ojos no fuero del color de su cielo. Con los años terminó comprándose una retroexcavadora, y como si fuera un lápiz gigante empezó hacer poesía en la naturaleza, aunque las almas velocipedistas de los domingos tienen demasiada prisa para leer poemas en la naturaleza. Siempre he creído Eudald, que en el otro lado del túnel nos dejamos algo que nunca supe definir. Es curioso que a partir de mi conversión al Jesús del evangelio, te alejaras de Él, haciendo el camino a la inversa y por tanto nos hemos perdido la posibilidad de compartirlo.
CAPITULO PRIMERO.
Juanot habitaba en un pueblecito de secano en la provincia de Lérida, le gustaba como sus vecinos definían a su terruño, “la tierra en firme” aunque verdaderamente no supiera porque, pensó que se debía a su amor por esta tierra, dado que la provincia era bien grande y en ella había estampas preciosas y otras más normales; con sus campos de trigo o cebada, con sus almendros y olivares y sus gorriones a los que les costaba dejar paso. Se paraba a mirarlos apoyándose en su bastón. Sí la verdad él había nacido con una pequeña disminución, aun cuando los demás se la engrandecían y le dificultaban no sólo en el colegio, dado que los mayores tampoco perdonan las diferencias. Tienen armas terribles como la marginación o la indiferencia. Mientras se decía a sí mismo, “bastante me cuesta adaptar el mundo a mis circunstancias.”
Poco a poco se iba acercando hacia el fondo donde se encontraba la rambla seca, por el “camino de las huertas”, que descendía serpenteando en medio de los huertos con sus verduras de temporada y algún manzano, y cuanto más hondo más posibilidades de tener un poco de agua donde se excavaban pequeños pozos para la recogida de aguas pluviales. Al llegar a la rambla le gustaba escribir sus versos encima de la arena, se sentía libre de normas y ataduras, importándole bien poco la métrica y el número de los mismos. Lo que realmente le gustaba era el sonar de las rimas, cuando recitaba en voz alta en el rincón de la soledad. Desde pequeño disfrutaba de cierta facilidad en el manejo de las palabras y como desde que tenía uso de memoria, se comentaba que los poetas disfrutaban de licencia, y esta palabra le encantaba, justificando además parte de su diferencia.

Así escribe:
En la rambla seca desde antaño,
a mi sentir yo lo he abandonado,
porqué al chocar se hace daño,
con el muro que la gente ha creado.
Como un adiós en el tiempo de otoño,
al ser un producto de mi soledad,
y que asfixiará a cualquier retoño,
con el viento de la eterna necedad.
En las palabras que escribía, se notaba cierta desilusión pues su pensamiento estaba influenciado por una deficiencia fisiológica, y no le preguntaron si él estaba dispuesto a compartirla el resto de su vida, sentía estar interpretando en una obra de teatro, el papel que los demás no han querido. Estas circunstancias junto con otras, influenciaban de forma muy pesimista a su poesía, sus letras eran tristonas y melancólicas, aunque en su rincón le estaba permitido amar o desestimar según su imaginación, su circunstancia se le convertía en un verdadero muro que no solo le influía en la escritura, sino también en èl resto de su quehacer diario. Entonces influenciado por este sentir hacia lo triste escribió:

Tu viejo sueño ahora has extraviado,
en el cauce de aquella seca rambla,
y tu entendimiento te ha llevado,
que el perder, con tu vacío se ensambla,
Todas tus angustias ahora se te van,
por un camino que no tiene salida,
y ves como te rebanan hoy el pan,
de la limosna, que has convertido tu vida.
Falla la fuerza en el preciso momento,
que quisiera a la vida plantarle cara,
sabiendo que has de coger, aun siendo,
esta limosna que tanto te desagrada.
Quisieras con toda la fuerza chillar,
aunque te encuentras totalmente mudo,
y sólo te queda el poder marchar,
como tu sueño, por el camino más rudo.
Le satisfacía pensar que cuando lloviera, el agua que bajara por la rambla, se llevaría sus versos a una playa vacía, como las botellas mensajes de los náufragos, y allí quedaría hasta que alguna alma maravillosa los leyera y seguramente les daría el valor que se merecen. ¿Quién sabe, a lo mejor aparecía por el pueblo para conocerlo personalmente? ¿Por qué no? De esta forma el desarrollaba su imaginación y también sus sentimientos, dado que en su rincón se permitía amar o desestimar sin trabas, porque éstas se las colocaban los demás. Sin todo esto, se permitía el adaptar las cosas a sus circunstancias, viajando con su mente a una velocidad vertiginosa. Este era su lugar sagrado, en el que se encontraba bien consigo mismo. Entonces pensaba que seguramente la mayor parte de los ciudadanos, debe de tener alguno, o algo parecido, de no ser así, se termina en la tasca del pueblo o del barrio bebiendo alcohol, que ayuda a olvidar.
Se acercaba la hora de la comida, debía retornar hacia su casa. Esto significaba regresar a la vida cotidiana con todas estas limitaciones que tanto le disgustaban. Se le hacía más cuesta arriba que la subida del camino de las huertas. Mientras subía lentamente, meditaba que solía ensuciarse un poco con la arena, lo cual provocaba el que su madre se quejara un poco, lo que añadido al trabajo de la casa en general y a su ayudaba al marido en cosas puntuales del campo, era muchísima faena que realizar. “Sinceramente debo de ser una propina extra”. La cuesta seguía y se le hacía aun más penosa por su abatimiento. Un esfuerzo, sí, bastante mayor para intentar ayudar a su madre, dado que ella se lo merecía, “aunque con los problemas en su pie, no me da para muchas virguerías, es como estar en un callejón sin salida, claro que en los estudios es posible que se pudiese mejorar en algo”. Mientras andaba lentamente no conseguía rehuir las lágrimas, que afloraban en su rostro apesadumbrado.

CAPITULO SEGUNDO.
¿Qué te pasa muchacho?
¡Vaya! Alguien le estaba preguntando. Se sorprendió tanto que se asustó un poco. Sí era verdad que no se fijó en el camino, pero no era necesario pues en estas horas no súele haber nadie, las personas o ya están de cara al plato de comida o la preparan para ponerse en ello. Pero había alguien hablándole, y él se lo miró, era un viejo mendigo, seguramente de transito por el pueblo, a los que llaman “pastorcillos” ya que como ellos llevan sus pocas pertenencias a cuestas. Iba un poco sucio y con la ropa andrajosa, sentado en la vera del camino y al que no sabía qué responder.
-¡No lo sé!
-¿Entonces por qué lloras?
-Tal vez me sienta solo, o creo que las personas no me quieren debido a que soy un lisiado, la verdad no lo sé.
-¡Que rebaño de barbaridades, hacía mucho que no oía tantas, en tan poco tiempo! Mira solo no estás, sabes, primero tienes a tu familia, además de a tus vecinos y el resto de habitantes del pueblo, a los que seguramente deberías darles una oportunidad. Y de querer, empezando por tus progenitores, vecinos, amigos y sobre todo aquel viejito de allá arriba, te quieren todos, unos más, otros menos, cada uno a su manera como los demás, no creo que seas tan diferente aunque pienses lo contrario.
-¿Y usted, cómo sabe todo esto?
-¡Hombre! Todo el mundo, sabe que nos quiere a todos sin hacer diferencias, ¿sabes? ya te quería en el seno de tu madre, y este amor caminará a nuestro lado el resto de la vida, aunque le rechacemos, el seguirá fiel. Sabes chico, la verdad es que me siento amadísimo por Él.
-¡Y qué más! Mi madre cuando tiene la sensación que le engañan dice siempre:”!naranjas de la china!”
-¿Y qué le hace creer a un chico tan joven que no puede ser cierto?
- Tengo la sensación de que sois muy pobre, sí, aún más pobre que los del pueblo. Vais sucio y harapiento, lleváis la barba sin afeitar, y la ropa andrajosa, parecéis un verdadero miserable.
-Pues mira muchachote, te equivocas y de mucho. No deberías fijarte en las apariencias, estas son el vestido exterior, que no tienen nada que ver con los sentimientos, el pensar o incluso el comportamiento. Yo soy muy rico. Diría más, riquísimo. Mi casa es todo lo que abarca mi vista y sus paredes, son el azul del infinito y el techo es el cielo con todas las estrellas alumbrándome al anochecer, con toda la ilusión de mi corazón, entonces aprovecho y mientras le doy las buenas noches, le agradezco todo lo que me ha regalado en el día de hoy, dentro de este inmenso jardín que es mi morada. Mientras le hablaba, el buen hombre se ayudaba con las manos, para mostrarle hasta el infinito. Joanot le resultaba simpática toda aquella historia de un mendigo adueñándose del término de su pueblo, así que riéndose le dijo: “Si todo esto que me dice usted, es muy gracioso y simpático, aunque realmente si usted lo dijera a las personas mayores que están en la taberna del pueblo, que por un palmo de tierra en los lindes de las fincas colindantes, son capaces de pelearse e incluso amenazarse con una escopeta, no vea al decirles que su casa es todo el termino entero, se lo iban a comer entero”.
Veo que sigue costándote creerme, te voy a contar la historia de un niño, que era muy amigo mío
CAPITULO TERCERO.
Mira, él estaba descontento con todo su entorno e incluso consigo mismo, entonces meditando su situación dedujo que lo mejor para sí, era prepararse un hato de ropa y salir al encuentro de lo que buscaba, deduciendo que su solución tal vez estuviera en otro paraje. Así que empezó a caminar, primero por lugares conocidos por su proximidad, luego por extraños pero siguió caminando, dado que sabía que no era aún su meta. Al anochecer había perdido la noción del lugar e incuso del tiempo, y por su propio agotamiento se durmió.
-Al despertar, ¿sabes dónde estaba?
-Pues no.
-En medio de una calle, llena de puertas hasta el infinito, había tantas que no se podían contar. Mientras unas se habrían otras se cerraban. A mi amigo le llamó la atención una en donde estaba un anciano con una barba y unos cabellos largos totalmente blancos, y vestido con una especie de túnica de un blanco chillón que relucía, marcando la diferencia. Él se acercó preguntando:
( Obra de Tomás Bases Hernández)
-¿Quién es usted?
-¡Soy el portero de la casa en donde se aprende amar! Le contesto el buen hombre.
Como que la puerta estaba abierta, nuestro amigo echó una ojeada al interior, y cuál no fue su sorpresa al comprobar que no contenía ningún edificio, pues hasta donde llegaba la visión era un inmenso jardín, entonces delante de sus dudas, volvió a preguntarle.
-Perdone señor portero, ¿no me ha dicho usted que era la casa de aprender amar? Pues yo no veo ningún edificio.
A lo que el hombre le replico: “-Nosotros somos las piedras que construirán el edificio”.
Como él no entendió la respuesta, se dijo a sí mismo, puede ser interesante toda esta historia, al fin y al cabo tampoco estás muy seguro de lo que buscas. Así que decidió preguntarle: ¿Cree usted que un servidor podría pasar a su interior? A lo que el buen hombre, mirándole a los ojos le comentó: “Sabes, joven, este es el camino que no tiene vuelta atrás pero si estás seguro de ti mismo, todo el ancho de la puerta es para ti”.
Ya en su interior, pudo confirmar lo que había visto era un inmenso jardín, al menos hasta el alcance de la vista, en aquel momento el hombre le entregó un capazo chiquitín con unas herramientas aun más diminutas, este detalle le mostró que todas las flores eran pequeñitas de estas que están en la vera de los caminos, que como no disfrutan de la etiqueta de importante, los humanos no las pueden tener a su lado, y se pasan la vida en los campos y caminos.
Mientras le acompañaba el hombre le daba toda clase de lecciones sobre jardinería, recomendándole sobre todo, tener cuidado en extremo dado su tamaño, y tener sentimientos positivos hacia ellas, ya que eran muy sensibles, pues la alegría es media vida joven. Fue entonces cuando miró al anciano y le preguntó: -¡Óigame, por qué en vez de enseñarme amar, me está formando como jardinero! –“Paciencia hijo, toda las fruta madura en su tiempo.” Mira estas te están pidiendo un poco más de agua a gritos, a las otras un poco de abono natural, las hojas secas las tiras en el estercolero, y alrededor de todas ellas les cavas un poco la tierra para que se oxigenen.
Al tiempo el portero se dirigió al muchacho, comentándole: como veo que has aprendido muchísimo, en breve podré retornar a la portería, ya que si llega un nuevo chico, tengo la obligación de enseñarlo.
-Antes me gustaría preguntarle, el porqué en este jardín no hay flores, de las que las personas humanas consideran valiosas.
-“Porque estas son las que poseen la medida de la importancia”.
-¡Vaya hombre! Todas sus respuestas son difíciles.
-No sé por qué piensas así.
-Es fácil, sigo sin entenderlo.
-Todo se andará, sí, todo se andará. Y sacando un reloj sin agujas del bolsillo lo miro y partió hacia la puerta de entrada. Ahora debía tomar las iniciativas por si solo, hecho que le daba bastante más responsabilidad, obligándole a esforzarse más en el trabajo, notando que le seguía siendo agradable, ya que disfrutaba con la misma intensidad que en el principio. En su pensar deducía que las plantas le debían de necesitar, “junto con todo este tiempo, seguro que me quieren. Y por esta misma razón, si me gusta seguir, y me hace sentirme bien, seguramente también ellas me son imprescindibles y si las necesito de verdad, es que las quiero”.
De un salto se puso de pie, gritando a pleno pulmón hacia el portero, que estaba bastante lejos por cierto:”Señor portero ya amo las flores”.
A pesar de las distancias veía como el anciano le sonreía, i le hablaba con los labios y él entendía, pues sus palabras resonaban en el interior de su alma; Las flores chiquitinas al compararlas con las grandes y valiosas marcan el contraste, por tanto son las que disponen de la medida de la importancia. No podía frenar sus lágrimas, mientras se repetía “ya se querer a las flores”, entonces en un estallido de los sentimientos se dijo “HE VISTO A DIOS CARA A CARA, PORQUE EL ES AMOR”.
-Sabes mi amigo fue capaz de darle al Señor un poco de sí, sin pedir nada a cambio. Había descubierto que el reloj del amor y de la caridad no tiene horas. ¿Y bueno qué te parece la historia que vivió mi amigo?
-Me gusta mucho, no solo la historia en sí, que es bonita, y tu forma de explicar aun la embellece más, ya que cuentas las cosas y los hechos desde otro prisma, nunca lo miré des de el otro lado, y puedes darle importancia a una flores que toda la vida estuvieron aquí y nunca las miré ni yo ni nadie del pueblo.
-Bueno lo de las flores, es debido a que siempre me siento a su lado, contemplándolas en su entorno natural, ellas están siempre esperando que alguien se pare en un momento de su vida y les regale algún sentimiento.
-¿Y por qué crees que la gente de mi pueblo no se para?
-Ah hijo, las personas mayores tienen mucha prisa, un día nacieron corriendo, vivieron toda su vida a toda velocidad, muriéndose con prisas, y entonces se dan cuenta que llegaron tarde, es bien sencillo.
El Juanot, se rió a satisfacción y le dijo: “me recordaste a mi padre, que para ir a labrar o a la granja siempre va corriendo, y como se le escapa el tiempo termina rezongando”.
-Vosotros los jóvenes, además de mucha paciencia, debéis de querer mucho a las personas mayores.
-¿Por qué razón deberíamos hacerlo?
-Como sabes, las personas mayores necesitan sentirse importantes, y para esto desarrollan leyes y más leyes, que colocan en papeles y más papeles, medidas y más medidas, al final todo es confusión, y entonces hablan y hablan, esto si en voz alta y fuerte para oírse a sí mismos y acaban perdiendo las medidas de la importancia.
¿Y por este absurdo les hemos de querer?
La única razón y más importante es que ellos lo necesitan, que para tus padres es imprescindible, y su razón de existir, esto es más que suficiente lo que te dije antes, era solo una falacia para reaccionar. Mira se está haciendo tarde y lo sabes, ella estará esperando con el plato en la cocina, y debemos movernos si no queremos mojarnos, ya que empieza a llover.
-Es una lástima que no os quedéis en el pueblo.
-Todo madura en su tiempo.
CAPITULO CUARTO.
Joanot levanto la vista hacia el cielo. Estaba nublado, y empezaban a caer gotas. Vio como se acercaba un vecino, con un enorme paraguas de los llamados de pastor. Era Perico Rebolleda, según explicaba su madre, un soltero solitario y una bellísima persona y de los que sabían estar en la sombra. (Arreglar las cosas sin llamar la atención). Siendo además el carpintero del pueblo. Se preguntó donde iría a estas horas Perico, su sorpresa fue que al llegar a su lado, le protegió con el paraguas caminando a su lado, mientras entablaba conversación: -Venga chico que te vas a mojar. ¿Oyes de dónde vienes Joanot?
-Subía de la vieja rambla, y me paré a charlar con aquel viejo mendigo que está en el camino de la huerta.
-En el camino de la huerta, no he visto a nadie cuando venia, y es un lugar difícil para guarecerse de la lluvia, en fin cuéntame que hacías allá solo.
-Me gusta escribir versos, y en la soledad de aquel rincón, nadie se ríe de mis cosas.

(Perico el carpintero que sabia estar en la sombra).
-¡CARAMBA! Tú, a este hombre le gusta la poesía, ¡qué fuerte! ¡No me lo puedo creer!, fíjate tantos años y ahora me entero que te gustan los versos como a Perico. Ciertamente el buen hombre no solo se hacía cruces, además se emocionaba por la sorpresa, el Joanot era consciente que tenía un nuevo amigo y que se quedaría en el pueblo con él, por tanto sería bueno que midiera un poco sus palabras al hablarle de sus poesías.
-Mira Perico a mí me gusta que rimen y que tengan sentimientos duros, aunque a veces la métrica este bien lejos de estar correcta.
-¡Caramba Joanot, como tiene que ser! ¡Faltaría más! Es como a mí me gusta, sí, que los sentimientos afloren con rabia y transforme esto tan bonito que es un verso dándole vida propia a través de esta dureza. Mira te voy a recitar de memoria el hijo del caos. ¿Lo conoces?
-No lo conozco Perico. ¿De quién es?
-De un poeta desconocido, llamado “el pescador de sentimientos”.
El poema dice así:
Con cal te fueron a blanquear,
las paredes de tu pobre vida,
para que pudiera siempre brillar,
tu soledad de forma altiva.
Porque aislarte quería tu vanidad,
sin acordarte jamás del prójimo,
pensando solo en la comodidad,
del que fue y es tu egoísmo.
Te daba muchísimo miedo,
el dar un poco de tu esencia,
tal vez era demasiado miedo,
por una cosa con tanta menudencia.
Sabes que del caos eres su hijo,
y que la agonía es su gran bandera,
el odio y el rencor van en el alijo,
de toda la destrucción que lidera.
Y el que así en todo tiempo vivió,
lo seguirá siempre defendiendo,
pues ya en su escudo lo convirtió,
aunque le esté destruyendo.
Le es difícil de poder deducir,
él que ha vivido siempre esta razón,
que de golpe se pueda abrir,
una pequeña luz en el corazón.
Pero en medio de tu viejo círculo,
hiciste una entrada por oriente,
destrozaste también con tu báculo,
toda la parte de occidente.
A todos los demás dejaste entrar,
y al mismo Señor te fuiste a encontrar,
en el centro de tu propia lar,
y no lo tuviste que llamar.
Ya que el te quiere con todas
las rebeldías viejas y nuevas,
pues al final te encuentras
su amor en gotas pequeñas.
Sabes el esplendido no es aquel,
como le sobra mucho un poco te dará,
sino que el esplendido es aquel,
que te da un poco de lo que le faltará.
Lo más importante fue el descubrir,
que Dios nunca me abandono,
ni antes de que pudiera salir.
Sé que Él, siempre me amó.
-¿Y bien amigo Joanot, que te pareció el poema del pescador de sentimientos?
-Estoy sorprendido Perico, parece que me este mirando en mi interior a través de una ventana, lo más curioso es que no la dejé abierta yo.
-Vaya definición chico, muy buena, aunque en vez de ventana, diría que es mirarse a través del ombligo. Al salir del colegio, podrías pasarte por el taller, y te dejaría libros de poesía que podríamos trabajar.
-Será estupendo Perico, mi madre me dijo que buscabas un aprendiz para el taller, si quieres este podría ser un servidor, después de conocerte un poco mejor, creo que la madera se me dará muy bien.
-Es un material domable y agradecido, al trabajarlo desprende un perfume especial, incluso en madera vieja, estoy contento y a la vez sorprendido que trabajes conmigo, descubrirás que al manipularla se puede hacer verdaderas poesías con ella.
Al llegar a la puerta de su casa y antes de que empezara a despedirse, le quiso preguntar cómo dijo que se llamaba el poeta.

( Obra de Tomás Bases Hernández).
-Se llama el pescador de sentimientos, que es un seudónimo sacado del título de una poesía, que puso como meta en su vida. Antes de separarnos te lo recito:
Señor mi rostro me has besado,
con el hálito de Tu sonreír,
tenía el corazón muy estropeado,
con la pobreza de mi vivir.
Como un pescador desamparado,
el peso del tiempo me ha encorvado,
y en la arena del camino abandonado,
las llagas de mis pies he dejado.
Señor mi rostro me has besado
con el hálito de tu sonreír,
la vieja barca he desahuciado,
y de la playa también me voy a ir.
A las redes de mi pasado,
les cosiste todas las roturas,
y a la espalda me las he cargado,
para pescar en Tus alturas.
Como un pescador de sentimientos,
me has llamado al mar de la ilusión,
donde buscaría yo la bendición,
si solamente Tú tienes los vientos,
Señor, de la eterna condición.
Las olas del mar han brillado,
en un canto del sol en mi partir,
porque Tú mi rostro me has besado,
con el hálito de Tu sonreír.
-¿Qué te parece su poesía?
-Muy buena, sí señor, más que buena es un verdadero canto de amor al Señor, a través de sus sentimientos, de los míos y supongo que de los demás.
-Y es que los sentimientos están más próximos a nuestro prójimo de lo que pensamos o creemos, sí, no somos tan diferentes como queremos reflejar en nuestro exterior. Bueno muchachote hasta luego.
-Hasta luego Perico.
Joanot entro en su casa. Su madre le estaba esperando con la comida en la cocina.
-Hola Madre llego tarde, me entretuve charlando y haciendo tratos con el Perico, le he pedido para ir de aprendiz cuando salga de clase.
-Bien hecho hijo, es posible que hoy sea un gran día para tu porvenir, aunque ahora debes comer un poco, se hace tarde. Por la noche ya me explicarás.
-Sí madre, es mejor ser un pequeño buen oficial, que un gran campesino mediocre.
Al salir de casa con los libros, fijó su mirar en el camino de las huertas. Ya no llovía, aunque seguía desierto como siempre. Pero él sabía que había un antes y un después del encuentro de hoy, tal vez llegará un día que sabrás la respuesta, “la fruta madura en su tiempo.” Le vino a la mente la estrofa:
Tu mi rostro me has besado
con el hálito de Tu sonreír.